La Vida Orquestal: Un Espejo
En esta serie sobre el paso de un músico por la vida orquestal, quiero abordar algunas de las experiencias, anécdotas, intrigas y pequeñas locuras que pueden vivirse dentro de una orquesta en el contexto musical ecuatoriano.
Sí, es un mundo peculiar, dicho de la forma más diplomática posible. Poco comprendido por la sociedad (sobre todo en nuestro querido Ecuador), pero profundamente rico en historias humanas. Y después de haber transitado ese camino desde niño, hasta haber ganado el puesto de Concertino en la Orquesta Sinfónica Nacional del Ecuador hace más de cuatro años, siento que ha llegado el momento de empenzar a contarlas.
No como juicios. Sino como retratos.
Pero antes de compartir estas fascinantes historias, vale la pena preguntarnos:
¿Qué hace un músico antes de entrar a una orquesta?
La respuesta simple sería: estudiar. Mucho. A veces durante décadas.
Hoy en día, debido a la tendencia global, un músico — como en casi cualquier otra profesión — necesita por lo menos un título de tercer nivel antes siquiera de aspirar a ingresar a una orquesta. Pero no siempre fue así.
Ecuador no ha sido precisamente un país privilegiado en cuanto a grandes escuelas instrumentales consolidadas por generaciones. Sí, han existido lumbreras que abrieron caminos y marcaron épocas de excelentes músicos ecuatorianos. Pero, en la mayoría de los casos, la formación sólida parecía exigir algo más: migrar. Eso sí, y atención con esto: no toda migración es necesariamente la acertada.
Durante generaciones se instaló una idea casi indiscutible en el imaginario musical: “si estudió en el extranjero, debe ser buen músico”. Pero la realidad es que, aunque algunas veces esta premisa se cumplía, no siempre fue una garantía. Porque hay algo que el escenario revela sin piedad:
El músico no puede mentir. O por lo menos en el ámbito de la música académica.
En el escenario todo es transparente. No importa dónde has estudiado ni cuántos diplomas cuelgan en tu pared. Lo que importa es lo que suena. Y eso no admite discursos, ni mucho menos auto-tune. De hecho, en este mundo, el auto-tune no existe.
Hoy el criterio musical en Ecuador ha evolucionado. No de forma perfecta, pero sí evidente. Y con ese criterio llegó algo incómodo pero necesario: el título dejó de ser un escudo.
La realidad terminó imponiéndose con naturalidad. Porque incluso provenir de escuelas prestigiosas no garantiza un alto nivel ni profundidad musical. El escenario, al final, siempre tiene la última palabra.
La diversidad invisible
Volvamos al ámbito orquestal. En una orquesta de primer nivel internacional, el estándar técnico y musical suele ser homogéneo. Las diferencias existen, claro, pero dentro de un margen reducido.
En Ecuador la realidad ha sido un poco diferente, tal vez más parecida a una partitura con grandes contrastes, desde un pianissimo delicado hasta un fortissimo abrumador.
Y aquí empiezan las historias.
Para describir ciertos perfiles, sin señalar a nadie en particular y con el único objetivo de ilustrar dinámicas humanas, me permitiré clasificarlos con letras. No son personas. Son arquetipos. Y, siendo honestos, todos podemos reconocer algo de nosotros mismos en alguno de ellos. Empecemos como todo en la vida. De abajo hacia arriba:
El Músico C
El Músico C no es necesariamente alguien que haya comenzado sin pasión. De hecho, es probable que haya amado profundamente la música en sus primeros años.
En algún punto estudió y se esforzó. Tal vez no tuvo los mejores maestros. Tal vez no tuvo acceso a una escuela sólida. Tal vez las circunstancias del país no ofrecían nada más en ese momento.
Y, sin embargo, un día apareció una oportunidad: una pasantía, un reemplazo, la posibilidad de tocar como músico extra. Y con ello, casi como un acto fortuito del universo, llegó la estabilidad. Sí, de pronto obtuvo un nombramiento que le permitiría trabajar hasta su jubilación.
En otra época, ingresar a una orquesta no siempre implicaba atravesar procesos de audición rigurosos como los actuales. El sistema era distinto, las exigencias eran distintas y el contexto también.
El problema no es haber tenido suerte, sino haberse detenido ahí.
La música es una profesión infinita. No tiene línea de meta. No existe el “finalmente llegué”. Pero el Músico C, en algún punto, deja de estudiar, deja de cuestionarse, deja de escuchar con curiosidad, y poco a poco, algo cambia.
Su energía ya no está enfocada en crecer, sino en conservar. Ya no busca perfeccionar su sonido y su interpretación, sino proteger su espacio. La conversación gira más alrededor de lo que está mal que de lo que podría mejorarse, y rara vez se detiene en reconocer lo que sí está bien.
El Músico C no es un villano. Es un síntoma. Un síntoma de una época en la que la estabilidad podía confundirse con logro definitivo.
Curiosamente, el Músico C suele vivir en una inconformidad constante. Nada es suficiente. Todo podría hacerse mejor (aunque pocas veces desde su propio instrumento). Y cuando nacen propuestas de su parte, no siempre apuntan a la transformación profunda, sino a preservar la comodidad ya alcanzada.
En ocasiones incluso decide salir de su zona de confort, pero no necesariamente para superarse, sino para confrontar. El conflicto se convierte en un lenguaje habitual cuando la autocrítica ha quedado en silencio.
Y aquí viene la parte más delicada: si no somos cuidadosos, cualquiera de nosotros puede convertirse en el Músico C. Basta con dejar de estudiar. Basta con dejar de escuchar. Basta con creer que la estabilidad equivale al crecimiento, o que el reconocimiento sustituye al esfuerzo continuo.
La comodidad es silenciosa y peligrosamente seductora.
Antes de continuar, es importante hacer una aclaración: la estabilidad no es el enemigo. Tener un nombramiento, seguridad laboral o continuidad dentro de una orquesta no es algo negativo. Al contrario, puede convertirse en una plataforma extraordinaria para crecer.
El problema no es la estabilidad en sí. El problema es lo que cada uno decide hacer con ella.
En el caso del Músico C, la estabilidad se convirtió en punto de llegada. En lugar de ser un impulso, fue una pausa indefinida. En lugar de ampliar horizontes, consolidó límites.
Aquí surge una pregunta inevitable:
¿Cuánto dura la felicidad de haber alcanzado la estabilidad laboral como músico?
Es una pregunta legítima. Porque cuando la estabilidad se transforma en meta final, la sensación de logro suele ser intensa… pero breve.
Con el tiempo, aquello que fue motivo de celebración se vuelve cotidiano. Y lo cotidiano, si no se alimenta con crecimiento, puede convertirse en frustración silenciosa hasta vaciarse de sentido.
Incluso después de la jubilación, la narrativa interior no necesariamente cambia. El conflicto no desaparece con el retiro, porque no estaba en el trabajo: estaba en la forma de habitarlo.
Y aquí es donde la historia se vuelve interesante: la misma estabilidad, en manos de otro perfil, puede producir un resultado completamente distinto. Tal como una misma obra musical puede ser interpretada de maneras diferentes.
Es momento de hablar del Músico B.
El Músico B
En cuanto a formación, puede que el Músico B tampoco haya tenido una educación privilegiada ni haya asistido a los mejores centros musicales. Pero hay algo que cambió en él.
El cambio no viene necesariamente por el lado técnico-musical. Viene desde la actitud. Y tal vez, si somos honestos, la actitud sea el verdadero factor que moldea a todos estos arquetipos.
Es posible que el Músico B tampoco haya tenido un camino especialmente complicado para ingresar a una orquesta, o quizá pertenezca a las nuevas generaciones que sí atravesaron un proceso formal de audición y lograron ganarla. Pero una vez dentro, su comportamiento marca la diferencia.
Cumple con su trabajo. Llega a tiempo. Estudia lo necesario. Pero, más allá de eso, parece haber comprendido algo esencial: tener estabilidad laboral como músico ya lo coloca en una posición privilegiada dentro de una realidad donde las oportunidades son escasas.
Ese reconocimiento cambia su manera de habitar el espacio: no vive desde la queja ni desde la defensa constante, sino desde la responsabilidad.
En ocasiones puede quedar expuesto en algún pasaje orquestal. Puede aparecer una desafinación o una falla técnica. Pero su reacción no es atacar ni justificar. Es asumir. Si es necesario, ofrece una disculpa, luego vuelve a su instrumento y trabaja hasta solucionarlo.
Es posible que internamente sienta incomodidad o vergüenza. Pero en lugar de transformar esa sensación en conflicto, la transforma en impulso.
El Músico B no es perfecto. Simplemente es consciente. Y esa conciencia sostiene a una orquesta más de lo que parece.
En un país donde una orquesta difícilmente supera los ochenta puestos y donde existen apenas tres orquestas locales y una nacional — y ni siquiera todas están completas — cada plaza representa una oportunidad excepcional. Muchos Músicos B quedan fuera del sistema simplemente porque las plazas no alcanzan.
A veces, no obtener un puesto puede generar frustración. Y en algunos casos, esa frustración mal gestionada termina empujando hacia la actitud del Músico C: la crítica constante, la sospecha, la idea de que todo responde a intereses ocultos.
Aceptar que otro músico ganó la audición no siempre es sencillo. Pero esa es otra historia.
El Músico B que sí está dentro entiende algo fundamental: la estabilidad no es garantía de grandeza, y mucho menos un medio para inflar el ego. Es, ante todo, una plataforma que le permite sostener su vida con dignidad. Y la forma de utilizarla depende de cada uno.
Curiosamente, el Músico B también suele ser respetuoso. Y eso no es casualidad. Ese equilibrio silencioso es el que realmente permite que una orquesta funcione.
Por ahora, avancemos hacia el siguiente perfil.
Es momento de hablar del Músico A.
El Músico A
A estas alturas, es fácil intuir el arquetipo del Músico A. Pero más allá de lo evidente, conviene detenernos en lo esencial.
Sí, probablemente en algún momento de su vida tuvo el privilegio de formarse con grandes maestros. Su preparación técnica le permite abordar prácticamente cualquier repertorio que encuentre en su atril con solvencia. Lo que para otros representa tensión constante, para él es el resultado natural de miles de horas de estudio acumuladas durante su juventud.
Pero estamos hablando de artistas. Y en ese terreno hay un elemento sutil que puede cambiarlo todo: el ego.
El Músico A está, muchas veces, a un paso del liderazgo. Y es precisamente allí donde esa línea se vuelve decisiva. La diferencia entre un gran instrumentista y un verdadero líder no está solo en la destreza técnica, sino en la manera en que gestiona su carácter.
El Músico A difícilmente permite que un pasaje orquestal quede descuidado. Sus hábitos de estudio están tan arraigados que continúa practicando en los recesos, en casa e incluso cuando el repertorio inmediato ya está resuelto, además, suele tener proyectos adicionales, nuevas metas y desafíos constantes; su nivel de exigencia personal rara vez se relaja.
Sin embargo, si no es cuidadoso, esa misma exigencia puede transformarse en intolerancia frente a las dificultades de un Músico B, de un C o incluso de otros A. Y allí comienza el verdadero desafío.
Recordemos que la estructura de una orquesta es jerárquica y vertical: director, concertino, principales de fila y músicos de fila. En ese contexto, quien ocupa una posición superior asume también una mayor responsabilidad humana.
Un Músico A dominado por el ego puede volverse terco, impaciente o incluso despectivo. Y entonces, aunque su nivel instrumental sea extraordinario, su capacidad de liderazgo es inexistente, porque olvida que su lugar dentro de la orquesta le exige actuar con responsabilidad.
En cambio, el verdadero Músico A entiende que su calidad no lo coloca por encima, sino que lo obliga a ser ejemplo. Y ese ejemplo, en el mejor de los casos, puede despertar algo en un B o incluso en un C que los motive a superarse cada día. Está preparado. Resuelve con solvencia. Se anticipa a los retos del próximo repertorio. No mide su aporte en función del reloj ni del salario, sino en función de la calidad musical que puede alcanzar la institución. Pero, además, es respetuoso. Escucha. Enseña sin humillar. Corrige sin herir.
Reconoce que, incluso con toda su destreza, ocupar un puesto en una orquesta es una responsabilidad que debe asumirse con compromiso, honor y agradecimiento. Por supuesto, también puede frustrarse al ver actitudes que no contribuyen al crecimiento colectivo. Pero elige no responder desde el desprecio, sino desde el ejemplo.
Y allí está la diferencia.
Al final, todos podemos tener algo de A, B o C. La pregunta no es en qué categoría estamos, sino hacia cuál decidimos avanzar desde ahora.
Si más músicos aspiraran a convertirse en un verdadero Músico A — no solo por su excelencia musical, sino por su actitud — el nivel y el prestigio de nuestras orquestas crecerían de manera exponencial.
Al menos, ese es el horizonte que persigue el verdadero Músico A. Entonces, la pregunta es inevitable: cuando logramos vernos reflejados en alguno de estos perfiles ¿hacia dónde decidimos avanzar?
Al final, esta clasificación no es un juicio, sino un espejo, porque todos estamos en proceso. Y será el tiempo - no nosotros - quien determine cuál fue nuestra verdadera clasificación.
Si has vivido la vida orquestal desde dentro, será interesante conocer tu experiencia. Te leo en los comentarios.